Amores misceláneos de un viaje de vuelta



Salir de casa. Ir a trabajar. Estar ocho horas sentado en la oficina. Mirar alrededor y ver a todos concentrados en lo suyo. Perder la concentración. Divagar, equivocarse y volver. Ir al comedor, agarrar un café, tomarlo solo. Mirar alrededor y ver a todos concentrados en lo suyo. Abrigarse, salir, ir a la parada. Ponerse en el fondo de la fila. Mirar al cielo, divagar, y volver en sí. Mirar alrededor y ver a todos concentrados en lo suyo. Subir al colectivo, pagar el boleto e ir a buscar un asiento. Mirar alrededor y ver… ver a una persona que mira alrededor.

Está sentada en un asiento, sola. Campera de cuero, bufanda negra, gorro del mismo color. El asiento delante de ella estaba libre. Libro en mano y mirada nostálgica. Hacia allá fue. ¿Será la persona más linda que jamás vio? Es posible. Pero no lo sabe. No podía dejarla ir. Se puso los auriculares, puso música, y se apoyó contra la ventana. ¿Qué hace? ¿Le habla? ¿No hace nada? Probablemente ella no lo había visto. Nadie lo ve. De repente, sintió un toque en el hombro.

Fue accidental. Ella se movió para mirar por la ventana. Se dio vuelta, extrañado. “Perdón”, le dijo. Hicieron contacto visual. Empezó a transpirar. Se dio vuelta rápido. ¿Cómo le dice que la ama? ¿Cómo le dice que quiere estar con ella? No la conoce, pero está seguro de que es la indicada. Intentaba escuchar y percibir cada movimiento que hacía. Si se movía para adelante, o para atrás. Si miraba por la ventana o si mandaba una nota de voz. ¿Les estaría contando a sus amigas de él? Algo le iba a decir.

Imaginó una conversación casual, distendida. Pasarse los números y hablar unos días. Salir a tomar algo, que la noche se vaya con la conversación. Que termine con una promesa de encontrarse. Que la semana sea de sonreír hasta reencontrarse. Es definitivo. Tenía que hablarle. Que al verla de nuevo escucharla sea la mejor melodía y verla el mejor descanso. Y cuando se pusieran de novios. Conocer a sus padres, los nervios del momento. Seguir juntos años y años. ¿Cuándo le iba a hablar? Ya no quedaba tiempo. Pero les quedaba una vida juntos.

Era eso, darse vuelta y saludar. Sabía que estaba ahí, ¿estaría pensando lo mismo? Sería un milagro, un sueño. Proponer casamiento, ya estaba todo pensado. Tener una familia, una casa con jardín. Poner música todos los días. O no poner nada, la vida con ella era música en sí. “Hola, ¿qué tal?”, nada tan simple como decir eso. Tres palabras. Tener hijos, jugar con ellos, verlos crecer. Y crecer juntos, envejecer. Y contar a los nietos que todo comenzó ahí, en el colectivo. Nunca la vida había sido tan simple.

Quedan dos paradas, ella no se bajó. Estaba ahí atrás, al menos, no la escuchó moverse mucho. Empezó a transpirar. Su estómago se hizo un huracán, sus manos un terremoto. Su cabeza iba miles de kilómetros por hora. Parecer casual, saludar, decir algo. Bajarse con el número. Era ahora pero no se animaba. Darse vuelta. Saludar. Las piernas eran débiles y la cintura no giraba. La música sonaba más fuerte que nunca y lo alentaba. ¿Por qué el colectivo iba tan rápido? Darse vuelta. Saludar. ¿Acaso no hay semáforos en la ciudad? El asiento está flojo y el piso resbala. Darse vuelta. Saludar. Darse vuelta. Saludar.

Nunca había tomado tanto coraje en su vida. Un momento. Uno solo. Que definía su existencia, su vida, sus relaciones, su amor, su valentía y su corazón. Se puso derceho, costaba mucho, pero ahí estaba. Miró por la ventana, una última vez. Fue girando la cabeza, vio el frente del vehículo, al colectivero mirando el camino. Vio el asiento contiguo al suyo, la mujer que miraba por la ventana. Un centímetro más y hablaría. Se dio vuelta por completo. Para verla, para hablar y establecer una conversación que no terminaría jamás. Un amor en su cabeza iba a ser real, finalmente.

El asiento de atrás estaba vacío.

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